Non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam. Psal 113, 9

viernes, 28 de septiembre de 2012

En la oración, expresar deseos

“Por el hecho de extraer sus elementos de la liturgia, nuestra oración tiene otro carácter: el de ser, si no exclusivamente, eminentemente afectiva. El monje, en la oración, más que ejercitarse en raciocinios, expresa deseos. No necesita razonamientos para convencerse, porque las verdades divinas las encuentra dispuestas por la Iglesia en toda su plenitud y esplendor; bástenos abrir los ojos, extender la mano y disponer el corazón para apropiárnoslas; y así el alma, fiel y dispuesta y que vive en la soledad, se ahorra el trabajo de razonar. Necesita, sí, prepararse bien, como dijimos, a cumplir la “obra de Dios”. Si se ha recogido, el Espíritu Santo la ilustra poco a poco, esclareciéndole las divinas palabras “del Verbo”, Verba, Verbi, que le serán fuentes de vida y principios de acción… Entonces se siente inclinada sobre todo a expresar sus deseos. En estos santos deseos, que proceden del corazón, y no en el flujo y en el estudiado acoplamiento de palabras, consiste la oración. Cuando uno sienta esta ansia interior de dialogar con nuestro Señor, cuando experimenta la necesidad de hablarle, no se detiene en concertar las frases; le expone simplemente su amor y los deseos de amarle más y más; le escucha y se para a contemplarlo, alabarle y adorarle, siquiera sea con una actitud humilde, reverente y confiada”. Don Columba Marmion, O.S.B., Jesucristo ideal del monje.